(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, mayo 04, 2014

De la tierra al cielo, 100 años con Cortázar



“De la tierra al cielo: 100 años con Julio Cortázar”, propuesta de lectura artística de Rayuela, de Julio Cortázar, concebida por Rogelio Cuéllar y María Luisa Passarge.
   
     “A su manera este libro es muchos libros pero sobre todo es dos libros”. Así comienza el “Tablero de dirección” de Rayuela (1963), de Julio Cortázar (1914 – 1984), la novela emblemática del vitalismo de toda una generación. La condición lúdica de Rayuela está no solo en las posibilidades de lectura que plantea su autor, sino en la multiplicidad de significados que derivan de las disquisiciones teoréticas  incluidas en ella y, sobre todo, de los juegos intertextuales generados en y por la propia novela. Rayuela, en esta oportunidad, dialoga con la obra plástica de cincuenta y cinco artistas plásticos de México que han construido cinco rayuelas y dos artistas que fraguaron la puesta en escena.
El fotógrafo Rogelio Cuéllar y la editora María Luisa Passarge convocaron a los artistas para que, de acuerdo a su personal evocación de lo que fue para ellos la lectura de Rayuela, transmutaran en obra plástica cada una de las once casillas de las cinco rayuelas que armaron, según el modelo aparecido en la portada de la primera edición de la novela. La puesta en escena es una apuesta lúdica que interpela diversos lenguajes artísticos: el de las artes plásticas, el de la fotografía y el de la palabra. Un singular homenaje desde el arte y la literatura que celebra los cincuenta años de la novela y el centenario de su autor.
Los materiales utilizados por los artistas fueron múltiples también: óleo, acrílico, vidrio, hoja de plata, yeso, chapopote (asfalto), ceniza y aluminio. Cuéllar, además, fotografió a los artistas participantes de esta singular experiencia estética junto a su obra y a cada uno de ellos se les pidió que, en una hoja de cuaderno de dibujo, trazaran a mano alzada la rayuela que a bien tuvieran. Así, en el montaje de la exposición, tenemos las rayuelas, las fotografías de los autores que sostienen sus pedazos del juego, y el dibujo de su rayuela. Pero eso no es todo.
Además, acompañan a la exposición, once textos literarios de otros tantos escritores que, como si saltaran en los cuadros del juego, se acercan verbalmente a los intersticios de múltiples resonancias emanados de la propia Rayuela, que es una novela que resulta de la experiencia de rearmar una novela desde la escritura y la complicidad de la lectura. Como dice Rosa Beltrán, en “Once razones para seguir leyendo Rayuela y dos para pensárselo”: “Porque hace estallar el orden convencional de la novela sin dejar de ser una novela.”
El resultado ha sido deslumbrante, cortazariano: una lectura plástica de Rayuela, la novela convertida ahora en cinco libros de arte colgados en una pared, con incontables posibilidades de combinaciones para hacer de esas cinco rayuelas, como le gustaba a Cortázar: todas las rayuelas, la rayuela.
Los curadores, Cuéllar y Passarge, se preguntan, nos preguntan: ¿cuántas combinaciones podemos armar con cinco artistas por cada una de las once casillas de la rayuela? Y la pregunta queda flotando para algún matemático que quiera encontrar el resultado. Mientras tanto, los lectores volvemos sobre la interrogante inicial de Rayuela: ¿Encontraría a la Maga? Esta interrogante, cuya condición de “inicial” está en duda por el propio planteamiento de lectura de la novela, sin embargo, no alcanza la respuesta matemática: se trata de una incertidumbre vital. ¿Queremos todavía encontrar a la Maga? En el texto ya citado de Rosa Beltrán, la segunda razón para pensárselo es: “Porque si Oliveira es el ideal de pareja, la Maga, muda y expectante —amada inmóvil que deja morir a Rocamadour— levanta sospechas.”
Contemplo “La Tierra”, de Vicente Rojo (técnica mixta/tela/madera, 35 x 90 cm), de una de las rayuelas. Bermellón y variantes, y negro. Superficie rugosa; cinco líneas capaces de crear espacios terrígenos para un comienzo. Y miro “Cielito lindo”, de Jordi Boldo (mixta/tela/madera, 35 x 90 cm), juguete mexicanísimo de nubes como algodones y firmamento de tonalidades frías. Y, así, cada uno puede ir construyendo su particular rayuela, saltando de un cuadro a otro, de una rayuela a otra, de la novela a la exposición y viceversa, y en todos los juegos hallará, lo que señala Juan Villoro para Rayuela en otro de los textos que acompañan la propuesta plástica: fuerza sensual del lenguaje, sentido del humor y la juguetona disposición de los capítulos. En todo caso, al decir del mismo Villoro, cada rayuela propia es “un fetiche, un talismán del tiempo”.

La exposición estuvo en el Centro Cultural Gabriel García Márquez, del Fondo de Cultura Económica, de Bogotá, desde el 11 de marzo al 27 de abril de 2014.

La exposición “De la tierra al cielo: 100 años con Julio Cortázar” es una propuesta para leer Rayuela en clave de obra plástica. Pero también es una invitación para releer la novela y volver a sentir las resonancias de aquel orgásmico Capítulo 68: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes.” O sentir que se nos eriza la nuca al volver sobre las últimas líneas del Capítulo 32: “Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...”. Y, como Sandra Lorenzano, en el texto “Mi Rayuela”, aceptar nuestro deseo inconfesable: “Quise ser Julio Cortázar y enamorarme en Paris de las palabras, y de las mujeres, y de las calles, y del jazz… Quise dejar una piedra en la tumba de Montparnasse y llorar ahí toda la vida.”


jueves, abril 17, 2014

La muerte y su ritual maravilloso


En La Cueva, en Barraquilla, 24 de julio de 2012.
           Úrsula Iguarán murió en un día similar al que murió Gabriel García Márquez: “Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que la habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años. La enterraron en una cajita que era apenas más grande que la canastilla en que fue llevado Aureliano, y muy poca gente asistió al entierro, en parte porque no eran muchos quienes se acordaban de ella, y en parte porque ese mediodía hubo tanto calor que los pájaros desorientados se estrellaban como perdigones contra las paredes y rompían las mallas metálicas de las ventanas para morirse en los dormitorios.” (Cien años de soledad [1967], 42da. ed., Buenos Aires, Sudamericana, 1974, p. 291) Las casualidades son más propias de la vida que de la literatura pero en este caso, como en un ceremonial de lo real maravilloso, se han combinado la vida y la literatura para la casualidad de la muerte. Y, sin embargo, García Márquez y Úrsula Iguarán vivirán como personajes de una realidad literariamente vital.
Existen, además, dos memorables momentos de muerte en Cien años de soledad. El uno, es la muerte de José Arcadio Buendía, el fundador de Macondo. Una mañana, Úrsula ve acercarse a Cataure, el hermano de Visitación que había huido de la peste del insomnio, quien le dice: “He venido al sepelio del rey”. Entonces entran a la habitación de José Arcadio, pero él ya se había quedado para siempre junto a Prudencio Aguilar, en un cuarto intermedio, creyendo que se trataba del cuarto real. “Poco después, cuando el carpintero le tomaba las medidas para el ataúd, vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas, y sofocaron a los animales que durmieron a la intemperie. Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.” (p. 125)
La otra muerte, por supuesto, es la del coronel Aureliano Buendía. Cuenta García Márquez que, durante la escritura de la novela, no se atrevía a matar al personaje hasta que una tarde pensó: “Ahora sí se jodió”. Y dice que subió temblando al segundo piso, donde estaba su mujer, Mercedes Barcha: “Supo lo que había ocurrido cuando me vio la cara. ‘Ya se murió el Coronel’, dijo. Me acosté en la cama y duré llorando dos horas.” (El olor de la guayaba, conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, Bogotá, La Oveja Negra, 1982, p. 34). Esa tarde había llegado el circo a Macondo y el coronel vio pasar una mujer vestido de oro sobre un elefante, un dromedario triste, un oso bailarín, payasos haciendo maromas. Cuando terminó el desfile circense, el coronel se dio cuenta de su miserable soledad. “Entonces fue al castaño, pensando en el circo, y mientras orinaba trató de seguir pensando en el circo, pero ya no encontró el recuerdo. Metió la cabeza entre los hombros, como un pollito, y se quedó inmóvil con la frente apoyada en el tronco del castaño.” (p. 229)
En Cien años de soledad la muerte está desdramatizada y es narrada como otro acontecimiento más de la vida; cuando se trata de los personajes queridos del autor, esa muerte está enmarcada en una ceremonia de lo real maravilloso que conmociona al lector.
He visto en los periódicos la foto de García Márquez en las afueras de su casa en México DF, con un ramo de rosas amarillas, el 6 de marzo de 2013, en su cumpleaños 86: es la imagen celebratoria de quien vivió durante sus últimos años atormentado por la peste del olvido que asoló a Macondo, y que será para la vida el escritor que transformó el lenguaje de nuestras letras y recuperó para la memoria de nuestra América las historias de esa realidad mágica y maravillosa de la que somos conscientes gracia a él.

sábado, marzo 15, 2014

Cuento ecuatoriano en Cuba


       
Los registros en los que el amor y el desamor se expresan son amplios y diversos. Abarcan y atraviesan la casi totalidad de los sentimientos del ser humano. En tales registros quedan grabados para la memoria de los cuerpos: las entregas y los egoísmos, las generosidades y las miserias, el éxtasis y la desolación, la realización plena de Eros y los fracasos del deseo, la incursión de la crítica social desde las subjetividades afectivas y la alienación posmoderna, etc. Es por ello que, para la realización de una muestra del cuento ecuatoriano contemporáneo, he escogido un hilo conductor de estos cuentos que muestren a los lectores el amplio espectro de la vida y el mundo, tal como la ven los escritores y las escritoras de Ecuador.
            La literatura ecuatoriana, y en general nuestra cultura diversa, está siendo conocida aún más como resultado de que el país, en su transformación política, económica y social, ha pasado a ser protagonista de un cambio de era en la escena mundial. El gobierno de la Revolución Ciudadana ha estado trabajando en estos años por nuestra segunda independencia, luchando, en conjunto con los países de la ALBA contra la hegemonía del Imperio —el complejo militar-industrial-financiero que no tiene patria pero cuyo dominio es custodiado por esa policía del mundo que son hoy los Estados Unidos—; ha recuperado el sentido de justicia social basado en la supremacía del ser humano por sobre el capital; en definitiva, ya no solo nos están conociendo sino también reconociendo por mantener para beneficio de todos los pueblos del país, esa patria que hemos recuperado. De ahí que Ecuador tiene una nueva y diferenciada voz en el concierto mundial.
            Esta muestra, construida desde la temática general de amor, es diversa en edades de los escritores, en sus tendencias literarias, en su visión del mundo. Así, he tratado de ofrecer a los lectores, sobre todo a aquellos que no están familiarizados con la literatura ecuatoriana, un abanico de expresiones estéticas. Pero, al mismo tiempo, los lectores se encontrarán con esa mirada de entre siglos atravesada por el sentido posmoderno de la hibridez. Estos cuentos, en síntesis, constituyen una visión múltiple de la realidad, su interpretación y su transformación en literatura.
            El sentido de lo contemporáneo está dado por el tiempo de escritura de los textos: todos los cuentos, aún aquellos de los autores de mayor edad, fueron publicados entre el último cuarto del siglo que pasó hasta años recientes del presente. Ciertamente, los autores escogidos tienen distinto nivel de madurez en el conjunto de su producción literaria, pero los cuentos seleccionados para esta muestra gozan de una calidad homogénea que augura, desde los escritores jóvenes, muy buena salud para las letras ecuatorianas. Por tanto, quienes lean este muestrario de cuentos se encontrarán con una producción literaria actual y de gran factura de la narrativa de Ecuador.
            Esta muestra del cuento ecuatoriano Amor y desamor en la mitad del mundo (La Habana, Arte y Literatura, 2014) está organizada en cuatro secciones: “Sonrisas después del festín”, “Obstinación de piel”, “Corazones de extraños designios” y “Fiesta encendida de cuerpos”. Fue preparada especialmente para el disfrute de los cientos de miles de lectores que, cada año, acuden a la Feria del Libro de La Habana, que, en su edición XXIII de 2014, consideró a Ecuador como el país invitado.
            Leer la literatura de un pueblo es una manera de conocerlo en sus maneras diversas de aproximarse a la realidad y a los sueños; en sus maneras de recordar y de inventar; en sus formas de amar y desamar; y también en sus propuestas para transformar al mundo y convertirlo en lenguaje. Espero que la lectura de esta muestra de la narrativa corta de Ecuador contribuya a un mayor acercamiento de nuestros pueblos y, por tanto, a un mejor conocimiento de los mismos; de tal forma que continuemos, también desde la literatura, en el camino que requiere la profundización del sentido martiano de Nuestra América.