(Fragmento de la obra "Tardes de lluvia en el porche", de la artista María Rosa Muñoz)

El diablo no es el príncipe de la materia, el diablo es la arrogancia del espíritu, la fe sin sonrisa, la verdad jamás tocada por la duda.
(Dicho por Guillermo de Baskerville, en El nombre de la rosa, de Umberto Eco).

domingo, agosto 16, 2015

Schuberth Ganchozo y Bambú Ensamble


Bambú Ensamble en el teatro Julio Mario Santodomingo, sala Ensayo, el jueves 13 de agosto de 2015

 
            La sonoridad de la caña guadúa cobija en su vientre la música del terruño que llena cada rincón del teatro. La vitalidad de los artistas copa el escenario. Las canciones fluyen igual que los ríos del litoral ecuatoriano, con la fuerza del agua que no se detiene y el bramar de la corriente que irrumpe en medio de la exuberante vegetación. El maestro Schuberth Ganchozo se entrega al público en cada canción y lidera un ensamble de músicos excepcionales. Los instrumentos musicales, construidos por este lutier de padre manabita y madre fluminense, son parte de una imaginería que los hace únicos.   
            El programa del concierto Volando sobre Ecuador, de Bambú Ensamble, está estructurado para mostrar la música de los cuatro mundos de nuestro país: las canciones son una representación sonora y rítmica de la Amazonía, los Andes, la Costa y Galápagos. El amorfino, música montuvia ecuatoriana, es el protagonista de un concierto que conjuga el alza, pasillos, pasacalles, currulao, y, en ocasiones, los funde con ritmos contemporáneos. La caña guadúa, que crece en nuestra tierra desde hace doce mil años, se muestra ennoblecida en las tonalidades que la vuelven elemento fundamental de instrumentos nuevos por la invención de su lutier, y viejos por la tradición cultural que acumula la caña en su materia vegetal.

               La propuesta de Schuberth Ganchozo hace de nuestra música un ejemplo singular de etnografía musical, de construcción instrumental, de interpretación artística y, sobre todo, de esa representación cultural que nos identifica como una cultura diferenciada en el mundo. “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el nuestras repúblicas”, dijo José Martí en “Nuestra América”; en este caso, el arte musical de Occidente está presente en la formación de Ganchozo y su esamble, y el tronco en el que se inserta es el de nuestra caña guadúa.
            La naciente Universidad de las Artes, que funciona en Guayaquil, bien podría sumar, ampliar y profundizar este trabajo musical —que Schuberth Ganchozo ha desarrollado durante muchos años de entrega personal—, a su proyecto académico: talleres de experimentación sonora y formación de lutieres, composición musical basada en las investigaciones de nuestra tradición popular, formación de una orquesta de instrumentos musicales de bambú —como ya existe, en Quito, la Orquesta de Instrumentos Andinos—; en fin, enormes posibilidades de desarrollo artístico que nos harán únicos en el ámbito musical del mundo.

             El jueves 13, en la mañana, se presentaron en una mini función de 20 minutos en Canal Capital: los presentadores del programa el Primer Café y los televidentes también quedaron maravillados de un arte cargado de identidad cultural. Los conciertos de Schubert Ganchozo y Bambú Ensamble, en Bogotá, tuvieron una fervorosa acogida: no fue solo la novedad de los instrumentos y la entrega de los artistas en el escenario; fue, sobre todo, el virtuosismo de los músicos y la musicalidad inédita que los asistentes vivieron y de cuyo ritmo se contagiaron en tres noches inolvidables, hechas de la sonoridad memoriosa de nuestra caña guadúa.

Bambú Ensamble, dirigido por el maestro Schuberth Ganchozo (Guayaquil 1962) se presentó en Bogotá, el 13, 14 y 15 de agosto de 2015, en el teatro Julio Mario Santodomingo, en el Auditorio del Museo Nacional y el de la biblioteca El Tintal, respectivamente. Sus conciertos fueron parte del programa Agosto ecuatoriano en Bogotá, organizado por la Embajada de Ecuador en Colombia, con el apoyo de la Organización de Estados Iberoamericanos, OEI, y el Fondo de Cultura Económica, FCE. Los integrantes de Bambú Ensamble fueron Luis Gálvez, Luis Larrea, Isaac Ganchozo, Marcel Ferrer, Joan Álvarez; y la productora del concierto fue Joffri Campins. Gracias a todos ellos por el arte y la vida que derrocharon.

martes, agosto 11, 2015

En memoria de mi ñaño Tito



Guayaquil, 31 de marzo de 1946 - 6 de agosto de 2015

 
Ya sabemos que el tiempo de la vida es apenas
extensión de una mirada y su asombro
armadura de una sonrisa y su música
cascada de tantas caídas bañadas de luz
nubes que se deshacen en nuestras manos
leños que arden, lluvia de fuego, llamarada.

Ya sabemos que la campana toca sin previo aviso
borra el horizonte con un ramalazo de sombra
apaga el sol que nos encendió el día del fin,
gota sobre la mecha de nuestra vela encendida,
clausura el ritmo de nuestros pasos y el orgullo
ya sin camino, hilachas de poder desvanecidas en aire.

Ya sabemos que una tumba es reservorio del polvo
cofre que contiene la nada que seremos, restos
envueltos en la sábana del adiós infinito
mortaja del llanto del que se queda huérfano,
estremecimiento último de la carne yerta, latidos
silenciosos, desvanecidos en el viento de lo eterno.

Ya lo sabemos con jactancia, hermano mío,
pero toda filosofía es duda y estremecimiento
vanidad de la palabra, tránsito de abstracciones
aurora y crespúsculo del devenir de los conceptos.
Lo que no sabemos es la certeza que encierra
la fe sin teologías de la oración del carbonero.

Lo que no sabemos es la trascendencia, retazo de nube
y el sol de tu sonrisa en el cielo de Guayaquil, perfume
de lluvia en la tarde de tus palabras enhebradas hacia la noche
luna que besa el asfalto en el que persisten tus huellas
firmamento entre cuyos luceros navega tu nombre:
Tito de alma liviana, hermano mío, mi lumbre inextinguible.

sábado, junio 13, 2015

Lágrimas y risas en “La noche de los adioses”



La madre acaba de morir de cáncer; Humberto, el padre, (Julio Medina) ya está senil y repite que él debe ser el único hombre que ha perdido a su mujer en la sala de la casa. Los hijos tienen una memoria familiar que reconstruir y cuentas afectivas que saldar: la solterona Amparo (María León), la ejecutiva Piedad (Jaqueline Osorio) y Carlos que se ha convertido en la trans Dalia (Natalia Ramírez).
            La obra reúne en la primera noche del duelo por la muerte de la madre a los tres hermanos que confrontan sus vidas, sus egoísmos, sus creencias y sus miedos. La tensión del texto dramático está lograda y se expresa mediante diálogos de palabra cotidiana pero cargados de fuerza. Las actrices consiguen, apropiadas debidamente de su personaje, convencer y conmover en el juego escénico que confronta y une a los hermanos.
            El drama es realista y remueve los prejuicios morales de una sociedad que olvida a los viejos, que atrapa al ser humano en la búsqueda de dinero, y que no está dispuesta a aceptar la diferencia. Sin embargo, el humor en dosis adecuadas y oportunas, permite que el tremendo conflicto que se presenta en escena sea llevadero para el espectador. La emocionante actuación, en un papel secundario, de Julio Medina es todo un símbolo: la memoria del teatro colombiano permanece.
            Los hermanos consiguen, bajo la catarsis del duelo, una noche de cercanía espiritual en la que la nostalgia de la infancia compartida, la aceptación de sus vidas adultas y el reconocimiento de sus diferencias logra triunfar por sobre los prejuicios. Pero esa iluminación de los afectos, paradójicamente, se verá oscurecida por la llegada del día y con él, el peso de la realidad social en la que viven. Y, sin embargo, ese último gesto afectuoso de Piedad que queda en el aire, al despedirse de Dalia, es un signo de que la reconciliación y el amor son posibles.
            El cierre de la obra, desarrollado de manera circular, con la vuelta a la primera escena permite resignificar los minutos inciales de la obra y engrandece ese texto corto, profundo y cargado de dramatismo de un Julio Medina que es capaz de entregarnos los matices diferenciados de un final estremecedor en su voz, en su andar, en sus gestos.
La noche de los adioses, escrita por César Luis Morales y dirigida con mano maestra por el cubano Jorge Cao, es una obra teatral que conmueve por el tratamiento humano que hace de los conflictos familiares, por la matización de lo dramático con el humor equilibrado, y por una actuación convincente de sus protagonistas; todo ello, junto con una puesta en escena sencilla y exacta que equilibra el drama realista salpicándolo con elementos poéticos.