José María y Corina lo habían conversado en alguna de sus tardes de té y facturas: toda muerte engendra ausencias y cada ausencia es un pedazo de muerte que se adhiere para siempre a nuestra piel de solos.
(De El perpetuo exiliado, 2016).
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domingo, mayo 09, 2021

La sencillez de tu heredad

Mi madre, Aida Corral Macías, en Manta, c. 1945.

La modestia de tus actos fueron oraciones vespertinas

en un tiempo que aún creía en el sentido del rezo.

Tu sapiencia académica proviene del pan de cada día

en un hogar que daba gracias al cielo por él.

Tus lecciones de economía familiar —poética de la necesidad—

indispensables cuando el padre es el rostro de la ausencia.

Arroparse hasta donde alcance la sábana.

Saber que vendrá el tiempo de las vacas flacas

Y no desear los bienes del prójimo.

 

Nadie hablará de tu aporte a la democracia, excepto yo que fui testigo

de tu política hogareña, madre, que no amaste a tus hijos de la misma manera.

Nos amaste según la necesidad de amor

que cada uno requirió en su angustia de solitud.

 

Y por el blanco resplandeciente de tu cabellera

—en tu juventud, dulce de pechiche—

supe del color de la plenitud que emana una vida despojada de la fatuidad.

El tesoro que nos legaste, madre, es tu vivencia cotidiana del perdón humano.

 

Yo solo anhelo que los excesos de mi orgullo y la insaciable soberbia de mi Narciso,

en tu nombre, madre, en la vida tuya que nos bendice,

sean derrotados por la sencillez de tu heredad.


 

Estancia 6 de "Madre, sé que me nombras desde lo eterno",

en Mistica del tabernario, 2015.


domingo, mayo 10, 2020

Tres madres en mi vida


Mamá Aída, abuela María, tía Maruja (c. 1960)



Evocación

¿A qué olía tu pelo de hilo fino?
—Rosedal del jardín que florecía dentro de ti.
¿Cuán suave era la caricia de tu mano tibia?
—Algodón del ceibal de nuestro pueblo.
¿Cómo tocaban tus palabras mi alma niña?
—Lágrima que resbala con el reloj detenido.


Rosario de resignación

Blanca de nube, mirada de cielo, viuda con una niña, ella se rindió hechizada ante el sombrero jipijapa. Dos hembras y un varón, todos suaves como el pan de dulce, parió mi abuela. Ella, mango de chupar y pecado, pasó la vida, esperando el retorno de aquel sombrero de paja toquilla que voló, cometa de infinito en vientos playeros.
—Si el sombrero no vuelve, rosario de resignación, ¿cómo la abuela habrá de proteger su blancura de ensueño?


Mi tía Maruja

¿Han tenido una tía Maruja? ¿Han tenido un alma que reparte alegrías y consejos de la misma forma que su mano repartió las golosinas de infancia? ¿Han tenido una cascada que riega el espíritu cuando yace sediento? Yo tuve a mi tía Maruja: mirada fresca sobre el rostro compungido; palabra de bálsamo para el corazón estrujado; sonrisa de campanario repicando en días soleados.
En su casa, yo aprendí que la infancia puede ser un juego feliz para el espíritu niño; aprendí que alrededor de la mesa familiar se comparte no solo el pan por el que a diario damos gracias sino el pedazo de existencia sobre el que dejamos nuestra huella; aprendí que la fe no está llena de aspavientos sino de una fuerza interior que se traduce en el alma generosa con el prójimo; aprendí que hay que mirar al mundo con piedad y verter en él nuestra constancia.
Recordar a una mujer que cocinó la alegría cotidiana de ese mundo privado que es el hogar, es sentir que la vida florece en la plenitud de la entrega de cada persona y que no existe muerte capaz de marchitarla. Ahora que ella es memoria, tengo a mi tía Maruja con su rostro de luna sonriente, y su blancura tibia como una canción de cuna en la almohada adulta.


domingo, mayo 12, 2019

La máquina de coser Singer


Aída Mercedes Corral Macías (1925 - 2004)

Para hablar de la máquina de coser Singer, la que me amamantó con su dulce tucutucu, debo remendar el corazón destartalado por tantos avatares en habitaciones olvidadas.
Para hablar de aquella a quien amo, aunque su ronroneo ya cesó, debo hacer la limpia de mi cerebro y su vanidad. ¿De qué sirve tanta perniciosa inteligencia?
Para hablar de la sencillez de sus costuras debo curarme de tanto palabrerío, de tantas inquinas en la borra de mis cafés.

De niño, extraviado, me refugiaba en el arco de la Singer. Sentado sobre su pedal, una alfombra de hierro para mis pueriles aventuras, me sentía el viajante de caminos lluviosos.
La rueda enorme era el volante feliz de mi camión bananero, y yo era mi padre que regresaba a casa. Todo olía a tela nueva y aceite Tres en Uno.
Un manojo de fierros dulces, los abrazos de doña Aída durante mis asmáticos desasosiegos nocturnos, una máquina instalada en la casa para coser soledades.

De la Singer nacían los vestidos de mi hermana según la última Burda Moden. Los moldes extendidos sobre la mesa del comedor: preludio de la costura doméstica.
Mi madre, manos de tizas y tijeras que daban forma a la tela. Mi madre, una costurera silenciosa en claroscuro al óleo. Mi madre, la máquina Singer que armaba las piezas y las sonrisas.
De la máquina de coser emergieron el hilván de mis pantalones, los disfraces escolares, los cuellos volteados de mis camisas. De ella, la vergüenza oculta de la pobreza digna.

El tiempo encogió la Singer. Mis ojos dejaron de verla como un refugio. Los años y mis piernas me llevaron lejos de su tucutucu. ¡Ah, el cansancio del alma!
La edad enmoheció los hierros y se esparció inmisericorde sobre ella. Todos somos transeúntes de la vida. Mi madre, esa mujer herida por las dagas del abandono, tampoco está.
      Adiós a su tucutucu.
      La máquina de coser Singer puede convertirse en ceniza, pero no en olvido. Ella es una memoria encendida. Y esta palabra se enhebra en la aguja de aquella que cosió los retazos de mi vida.


Este dibujo me lo envió una amiga meses después de que leyera el poema.

domingo, mayo 14, 2017

Tu voz, madre, miel de caña caliente


Aída Corral de Vallejo (1925 - 2004)

Existe una voz que lo llena todo desde cuando fui semilla
habitante del vientre que me hizo humano
memoria de la ola en las madrugadas de la casa frente a la playa.
Es tu voz, madre,
la que me acompaña cuando mis pasos son leves
susurros en la quietud del templo
chapoteo angustioso en el lodazal del mundo,
pies que regresan a refrescarse en la agónica espuma de mar.

Tu voz, madre,
miel de caña caliente
que cubre las palabras para hacerlas menos dolorosas
bálsamo de fragancias amazónicas
que aliviana el tránsito cotidiano en el hogar
agua danzante de una fuente infinita
que me baña con la sabiduría sencilla de las mujeres tristes
recuerdo de atardeceres de cara al sol
círculo de fuego que el horizonte marino engullía.

Es tu voz, madre, que ya no es.
Tu voz que continúa endulzando y perfumando
este desamparo irremediable con el que ando vestido.